Podemos decir que la pureza no viene de este mundo. Es un símbolo, un estandarte, un pilar de los mundos donde no existe el mal. La pureza es la base de toda comprensión del alma. Puede parecer lejano, pero en realidad es la condición más natural de cada uno de nosotros. Si no hay pureza, no puede darse el camino espiritual.

 

¿Quién no siente que el alma se alimenta y se consuela cuando podemos admirar la magnificencia de un resquicio de naturaleza virgen, si olemos la indescriptible fragancia de una flor, o escuchamos una hermosa melodía…? ¿Se podría vivir con esta sensación para siempre? El catarismo lo afirma rotundamente. No es una utopía, ni un sueño. Es una realidad de la vida espiritual verdadera.

 

La catástrofe de La Tierra: la lujuria es aceptada.

 

Por leyes espirituales universales la vida sin pureza no es posible. Pero vivimos en un territorio de especiales características, en donde no imperan las leyes del buen Univérsum sino las de Elohím. Y como una excepción de entre miles de constelaciones, aquí en La Tierra, existe la mezcla entre la pureza y la lujuria, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal. Sólo por la alquimia prohibida del remodelado de adaptación el hombre puede vivir sin pureza, alimentándose de todo tipo de gozadas y tentaciones. Y podemos nutrirnos de fuentes contaminadas que nos envenenan lentamente sin ni siquiera saberlo.

Esto que en apariencia pasa desapercibido tiene una gigantesca repercusión en nuestro cuerpo físico y espiritual.

 

Una rama milenaria de gente pura.

 

Hoy en día sólo el catarismo habla de profunda pureza, pero esto no es algo dado repentina y gratuitamente, sino que ha sido un legado sagrado que ha permanecido en el mundo gracias a las hazañas de caballeros y mujeres mirróforas custodios de este tesoro.

Hablamos de hazañas porque la lucha entre el bien y el mal siempre se ha dado, y la pureza como valiosísima joya, fue y sigue siendo hoy en día objeto de hurto para los ladrones espirituales, aunque sin conseguirlo.

Hace 800 años la iglesia romana, intentando adueñarse de las miles de ventajas de la pureza cátara impuso entre los votos monásticos el de castidad, desencadenando perversiones y escándalos que llegan hasta nuestros días. Y esta misma tergiversación la encontramos en la sociedad actual, donde la agresividad, la lujuria, los placeres diarios, se admiten como una costumbre, y quien valientemente se atreve a acumular pureza es perseguido, calumniado y desacreditado.

 

La victoria del bien será gracias a la virginidad.

 

¿Cómo no volver a lo que somos en inicio, a lo verdadero? Es la recuperación de nuestra herencia robada, es lo que el alma quiere, busca y necesita para vivir en la plenitud de la libertad espiritual, pues la Divinidad, de quien debemos tomar ejemplo y de quien somos hijos herederos, no sólo es pura, sino intachable e inmaculada.

La pureza es la llave maestra que abre nuestro potencial divino de forma personal, y también milagrosamente es la única herramienta pacífica y poderosísima para el cambio del orden mundial.

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